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divendres, 27 de gener de 2017

Crucifixión. Federico García Lorca

La luna pudo detenerse al fin por la curva blanquísima de los caballos. 
Un rayo de luz violeta que se escapaba de la herida 
proyectó en el cielo el instante de la circuncisión de un niño muerto. 

La sangre bajaba por el monte y los ángeles la buscaban, 
pero los cálices eran de viento y al fin llenaba los zapatos. 
Cojos perros fumaban sus pipas y un olor de cuero caliente 
ponía grises los labios redondos de los que vomitaban en las esquinas. 
Y llegaban largos alaridos por el Sur de la noche seca. 
Era que la luna quemaba con sus bujías el falo de los caballos. 
Un sastre especialista en púrpura 
había encerrado a tres santas mujeres 
y les enseñaba una calavera por los vidrios de la ventana. 
Las tres en el arrabal rodeaban a un camello blanco, 
que lloraba porque al alba 
tenía que pasar sin remedio por el ojo de una aguja. 
¡Oh cruz! ¡Oh clavos! ¡Oh espina! 
¡Oh espina clavada en el hueso hasta que se oxiden los planetas! 
Como nadie volvía la cabeza, el cielo pudo desnudarse. 
Entonces se oyó la gran voz y los fariseos dijeron: 
Esa maldita vaca tiene las tetas llenas de leche. 
La muchedumbre cerraba las puertas 
y la lluvia bajaba por las calles decidida a mojar el corazón 
mientras la tarde se puso turbia de latidos y leñadores 
y la oscura ciudad agonizaba bajo el martillo de los carpinteros. 

Esa maldita vaca 
tiene las tetas llenas de perdigones, 
dijeron los fariseos. 
Pero la sangre mojó sus pies y los espíritus inmundos 
estrellaban ampollas de laguna sobre las paredes del templo. 
Se supo el momento preciso de la salvación de nuestra vida. 
Porque la luna lavó con agua 
las quemaduras de los caballos 
y no la niña viva que callaron en la arena. 
Entonces salieron los fríos cantando sus canciones 
y las ranas encendieron sus lumbres en la doble orilla del río. 
Esa maldita vaca, maldita, maldita, maldita 
no nos dejará dormir, dijeron los fariseos, 
y se alejaron a sus casas por el tumulto de la calle 
dando empujones a los borrachos y escupiendo sal de los sacrificios 
mientras la sangre los seguía con un balido de cordero. 

Fue entonces 
y la tierra despertó arrojando temblorosos ríos de polilla.

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