El alba está lejana. No sé qué busca el pájaro entre la noche densa. Habla, murmura, insiste. Se acerca a la ventana. Dice que el sol no ha muerto y existe otro mañana.
Mis paginitas, ángel de mi guarda, fe de las niñeras antiquísimas, no pueden, no hacen peso en la balanza contra el horror tan denso de este mundo. Cuántos desastres ya he sobrevivido, cuántos amigos muertos, cuánto dolor en las noches profundas de la tortura.
Y yo qué hago y yo qué puedo hacer. Me duele tanto el sufrimiento de otros, y apenas intento conjurarlo por un segundo con estas hojitas que no leerán los aludidos, los muertos ni los pobres ni tampoco la muchacha martirizada. Cuál Dios podría mostrarse indiferente a esta explosión, a esta invasión del infierno José Emilio Pacheco